David Cantarero Tomás

Visual Arts

Texts, About, Contact, News,


Deshabituar la mirada.

Andrea Soto Calderón

El trabajo de David Cantarero Tomás da cuenta de una insistente búsqueda por diversas formas de extrañamiento de la mirada, de crear a nivel simbólico una fisura en lo visible para interferir los flujos de aquel continuo que se presenta como lo real. Pero lo hace desde una distancia de aquella amplia tradición de pensamiento que se asienta en una crisis de confianza en las apariencias, de aquel extenso paisaje teórico que ubica a las apariencias en una suerte de alteridad radical contra la que el pensamiento ha construido su poder de verdad. Su objetivo parece ser volver a pensar la representación desde una métrica no representacional.

Siguiendo una extensa herencia que bien puede situarse desde los primeros movimientos de vanguardia a comienzos del pasado siglo, hasta las prácticas que acompañaron su fin como las de Fluxus o el Situacionismo, intenta pensar cuál puede ser hoy el uso subversivo de las herramientas, cuáles son nuestras estrategias actuales de desvío, cómo generar imágenes improbables desde los usos no normativos de las nuevas tecnologías, cómo profanar nuestros aparatos para liberar sus potencialidades.

Desde la creación de la fotografía, las prácticas fundadoras de las imágenes, la copia y la imitación, ya no tienen valor como posibilidad de invención. A partir de entonces, pareciera que toda valorización de la creación tiene que ver con los elementos no miméticos de las imágenes. Así, el problema central de la representación parece reducirse a un problema de semejanza. Sin embargo, Cantarero no deja de producir imágenes. Tampoco renuncia a la semejanza, su estrategia no consiste en reducir el número de imágenes, sino en oponerles otro modo de reducción, de introducir imágenes que fuercen otros modos de ver.

Decide instalarse en una distancia, habitar un intervalo, desde el que explora las texturas que adquiere ese entre, en donde el pensamiento no es una abstracción sino que es una reflexión de las imágenes que se teje desde múltiples operaciones de montaje, de anudar y desanudar, no para que la verdad aparezca sino para que se compongan nuevas figuras. Construcción que se da por medio de alteraciones, procesos de pérdida de un cierto mismo, de desidentificación, de desapropiación que se afirman bajo la forma de un desajuste. Proceso de alteración que es siempre también, de una u otra manera, un proceso de agregación, no de un consenso en donde el régimen de presentación sensible va siempre de la mano de un régimen de significación, pero sí de unión, apropiación e identificaciones momentáneas.

El trabajo de David acoge aquella inquietud de W.J.T. Mitchell cuando decía que aún no sabemos qué son las imágenes, cuál es su relación con el lenguaje y cómo se debe entender su historia. Cantarero no intenta definir un dominio de signos, sino explorar las estructuras de las imágenes en donde se abren otros funcionamientos, allí donde se constituye un punto singular de fricción. Un complejo juego entre la visualidad, los aparatos, las instituciones, los discursos, los cuerpos y la figura.

Por medio de diversos procedimientos, de distorsiones y desajustes, va acercando objetos a sus reproducciones que nunca acaban de consumarse. Desenfoque articulado por el que atiende a su lógica, esto es, a sus modos de producción de sentido, a sus condiciones situadas desde sus inervaciones técnicas sin someterlas a patrones de significado. Epistemologías del ver y del ser visto, pero también del cómo ver. Cómo producen sentido, cómo pueden las imágenes extrañar la mirada, subvertir nuestras rutinas visuales.

Las imágenes son siempre significados que se están haciendo. La cuestión es cómo activar sus vestigios para que vuelva a arder su peligro. Lo cual exige también que la mirada sea un entre-ver aquellos lapsus de las imágenes, como decía W. Benjamin, por las que desde la experiencia del no-saber nos podamos orientar en y por las imágenes.

A través de una superposición de superficies, atravesadas y constituidas por sus accidentes, este trabajo confronta diversos materiales y espacios. Dispone una serie de troncos a los que añade sus fallas de impresión en 3D, introduciendo un desajuste en las copias por medio de un pálpito de la circulación, 24 piezas pasan por el mismo lugar en un segundo. Instalaciones de imágenes expuestas en su propio contexto, experimentación que en lo volumétrico, en el espaciamiento, nos lleva a los límites de nuestra percepción y las representaciones a su límite. Fricciones que desgarran el continuo imaginal de los medios. Su estructura es la de una interferencia, por ello no puede dejar de fracturar la apariencia de totalidad que se le quiere hacer contener. Esta negatividad, que de modo tan fecundo desarrolla Th. Adorno, implica asumir que lo urgente para las imágenes es aquello a lo que no llegan en su síntesis, lo que tienen de irresuelto, exige renunciar al fantasma del todo. Cantarero va introduciendo una tensión, un desvío, una grieta en lo sensible. Satura y sutura, cortes y pliegues, desplazándose por los bordes de la representación, sus restos no dejan de multiplicarse y de interrogar a esa realidad que se presenta como única.

Saber situarse, moverse, avanzar, retroceder, no para detener un instante, no para capturar el tiempo sino, como diría Bernard Plossu, para evocarlo.

Si las tecnologías de alta precisión huyen de la falla, aquí se va tras esos detalles sin apariencia, siguiendo lo imprevisto como obertura, la herida por donde lo nuevo se abre. Re-categorización de la superficie, entendida no ya como una capa que se contrapone a una profundidad, sino como una superficie de formación en tanto lugar que acoge una singularidad y permite a esa singularidad comunicar órdenes de magnitud dispares. La superficie sería la textura del intervalo en el proceso, ese instante de disparidad que modula encuentros y permite otra configuración de un mundo. Apariencias capaces de producir un disenso en su relación con el resto, que no puede ser sin rozar ese doble borde de una diferencia consigo misma.

Una comprensión de la materia que no le atribuye la necesidad de un principio ajeno a ella para organizarse y adquirir forma. Diría más bien que se trata de explorar otras operaciones de adquisición de forma. Su desplazamiento tiene más que ver con una concepción de la materia y la forma en la que la relación juega un papel activo y preponderante; materias informadas y formas materializadas. En este sentido, al entender la superficie como una superficie de conversión, lo que hace es sustituir el carácter pasivo, indeterminado y sin forma de la materia –propio del régimen representacional– por la consideración de unas condiciones materiales que poseen unas formas implícitas. No se trata entonces de eliminar la relación entre materia y forma, como tampoco de eliminar la representación como operación, sino de tomar distancia de una comprensión de la materia como una materia inerte que necesita una forma que la organice. Algo similar ocurre con la forma, no se trata de una abstracción a la cual la materia deba adecuarse, sino más bien de una cierta topología. La forma tiene una consistencia. De lo contrario, no podría establecer relaciones con el mundo así llamado material. De ahí que la construcción de una superficie, en esta praxis, sea dar lugar a que se expresen las potencias sedimentadas en su propio espesor.